Aluvión en Cantzama : una mirada ambiental para entender la cuenca  

Quito, 14 de julio de 2026

Entre el 3 y el 4 de julio de 2026, la zona de Cantzama Guadalupe, en Zamora Chinchipe, vivió una emergencia que ninguna familia debería enfrentar. Lluvias intensas hicieron crecer de forma súbita los ríos Cantzama (también conocido como Canizama), Yacuambi y Zamora, y en la madrugada del 4 de julio un aluvión, es decir un flujo veloz de agua, lodo y sedimentos, arrasó parte de la parroquia Guadalupe, sector Cantzama. Con corte al 7 de julio, los reportes disponibles registran 10 personas fallecidas, además de heridos, desaparecidos, viviendas dañadas, un puente destruido y afectaciones en vías, agua potable, electricidad, telecomunicaciones y superficie agrícola, afectado a un total de 300 personas.

Este no fue un evento aislado ni un simple exceso de agua. La cuenca del río Cantsama se ubica en una zona de transición andino amazónica, con pendientes fuertes, valles encajonados y laderas inestables, condiciones donde el agua puede concentrarse rápidamente, arrastrar material desde la parte alta y depositarlo en las zonas pobladas de la parte baja. Usando imágenes satelitales de radar, que permiten observar el territorio incluso bajo la nubosidad típica de la Amazonía, se delimitó un área afectada de 108 hectáreas, cuyo impacto se extendió desde las cabeceras hasta sectores habitados en la parte baja.

Figura 1: Comparación satelital del área evaluada antes y después del aluvión.

Figura 2: Área afectada.

¿Qué tipo de cobertura fue afectada? Del área analizada (101.78 hectáreas, sin contar cuerpos de agua), el 68.0%, unas 69.24 hectáreas, correspondía a mosaicos de agricultura y pastos, es decir, tierras de las que dependen directamente las familias de la zona. El resto se distribuyó entre bosque (10.68 hectáreas, 10.49%), minería (9.59 hectáreas, 9.43%), otras áreas antrópicas sin vegetación (7.99 hectáreas, 7.85%) e infraestructura urbana (4.28 hectáreas, 4.21%). Entre los medios de vida afectados se cuentan cultivos de café, cacao, plátano y frutales, además de tilapias y ganadería menor, es decir, no solo se perdió infraestructura, también se afectaron la alimentación y los ingresos de los hogares rurales.

Los datos de erosión dentro de la cuenca también muestran una tendencia en el tiempo preocupante que no explica por sí solo el evento pero sí muestra uno de los varios síntomas que sufría la cuenca.  Se calculó que en 2025 la cuenca alcanzó un promedio de 36.58 toneladas de suelo por hectárea al año, el valor más alto registrado en la serie histórica 2000 a 2025, casi el doble del promedio histórico de 18.81 toneladas por hectárea al año. Ese mismo año, el 50.70% de la cuenca presentó niveles de erosión altos o mayores, frente a un promedio histórico de 22.31%. A esto se suma un incremento de 244.63 hectáreas de suelo desnudo entre 2024 y 2026, detectado mediante sensores remotos, concentrado justamente en la parte alta de la cuenca, donde coincide con las mayores tasas de erosión y pérdida reciente de cobertura vegetal.

Figura 3: Distribución espacial de la erosión potencial RUSLE para 2025. La zona afectada por el aluvión aparece sobrepuesta en rojo.

Estos hallazgos no permiten señalar una sola causa. La erosión, la pérdida de bosque, o la lluvia no actuaron de forma aislada, sino que convergieron en un territorio ya susceptible, en donde otros factores ambientales también intervienen. Y aquí es donde el cambio climático entra en la conversación: no como la causa única del aluvión, sino como una presión adicional que puede intensificar la frecuencia y severidad de eventos hidrometeorológicos extremos, al concentrar la lluvia en periodos más cortos o saturar el suelo con mayor rapidez. En una cuenca con laderas inestables, suelo expuesto y cobertura vegetal en retroceso, una lluvia intensa ya no cae sobre un sistema neutro, sino sobre un territorio que responde con más fuerza y menos capacidad de amortiguar el impacto.

Figura 4: Comparación visual de cambios recientes de cobertura y exposición superficial.

Frente a esto, la pregunta ya no es qué tan frecuente serán estos desastres naturales, sino qué tan preparado está el territorio para cuando eso ocurra. Los próximos pasos que se desprenden de este análisis apuntan en una misma dirección: pasar de responder al desastre a prevenirlo de forma sostenida. Esto implica actualizar la zonificación de riesgos para que integre deslizamientos, flujos de detritos e inundaciones rápidas, restaurar laderas y riberas en las zonas críticas, fortalecer sistemas de alerta temprana accesibles para comunidades rurales, apoyados en tecnologías de monitoreo remoto de bajo costo, y sostener la recuperación de las familias más allá de la infraestructura, apoyando la rehabilitación de suelos, cultivos e ingresos.

En el documento técnico adjunto encontrarás el análisis completo, con mapas, series de tiempo y el detalle metodológico detrás de cada uno de estos datos, así como el acceso a una aplicación interactiva donde se puede explorar el área afectada.

Escrito por: Daning Montaño, Técnico de Fundación Pachamama.

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